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Cultura rica y ancestral

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La etnia tarahumara habita en los lugares más intrincados de la sierra conocida con el mismo nombre, en el sureste del estado mexicano de Chihuahua.

Para preservar sus costumbres y cultura, los tarahumaras se retiraron a vivir a la montaña, donde utilizan las cuevas como morada. Hoy esta etnia reclama el derecho a mantener su estilo de vida tradicional.Patrice Schmitz GerichAparece en estos artículos:Tarahumara; México (república); Chihuahua (estado)

 

Los tarahumaras son un pueblo nativo de México, asentado en territorio del estado de Chihuahua; ellos se llaman a sí mismos "rarámuri". Tarahumara también es como se conoce en castellano a la lengua de este pueblo. Por corrupciones del lenguaje los españoles les denominaron como "tarahumaras", que no es más que una castellanización de la citada palabra rarámuri. Según el historiador Luis González, rarámuri etimológicamente significa "planta corredora" y en un sentido más amplio quiere decir 'los de los pies ligeros', haciendo alusión a la más antigua tradición de ellos: el correr.

Tabla de contenidos

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editar Datos geográficos y demográficos

Los Tarahumaras ocupan una cuarta parte del territorio en el suroeste del estado de Chihuahua (65 mil km²) en una de las partes más altas de la Sierra Madre Occidental, conocida también como Sierra Tarahumara, la cual alcanza entre los 1.500 y 2.400 m sobre el nivel del mar.

Dentro de los cuatro grupos de indígenas que están asentados en la sierra, los tarahumaras suman alrededor de 50.000. El 90% de la población rarámuri se concentra principalmente en los municipios de Bocoyna, Urique, Guachochi, Batopilas, Carichí, Balleza, Guadalupe y Calvo y Nonoava.

editar Historia

Tarahumaras en Tuaripa (Chihuahua, 1892).
Tarahumaras en Tuaripa (Chihuahua, 1892).
Artesanía tarahumara en Chihuahua
Artesanía tarahumara en Chihuahua

Es posible que los antepasados de los indígenas Tarahumaras hayan llegado de Asia, atravesando el estrecho de Bering, hace aproximadamente unos veinte mil años. Pero los vestigios humanos más antiguos que se han encontrado en la sierra son las famosas puntas clovis (armas típicas de los cazadores de la megafauna del pleistoceno) con una antigüedad de casi 15,000 años, lo que nos permite datar la presencia de los primeros pobladores de la Sierra Tarahumara. (Fuente: Revista México Desconocido).

La economía de los primeros grupos étnicos Tarahumaras se basaba en la agricultura, la caza y la recolección. Cultivaban maíz, calabaza, chile y algodón. Cada grupo tenía su dialecto y sus gobernantes, quienes se encargaban de proteger el territorio contra las etnias vecinas y garantizar el orden interno de la tribu.

Eran belicosos y politeístas. Creían en la vida después de la muerte y en la existencia de seres benévolos y malévolos. Entre los benévolos consideraban al sol, la luna, el médico, las serpientes y las piedras, que provocaban las lluvias y controlaban los animales que cazaban. Entre los malévolos estaban los señores del inframundo que causaban la muerte y los desastres naturales. Sus rituales comunales eran parte esencial de su cultura. Adoraban el sol y la luna, celebraban victorias bélicas, la caza de animales y la cosecha agrícola.

No fue hasta 1606 cuando los misioneros españoles tuvieron el primer contacto con los indígenas de la sierra y fue en los siglos XVII y XVIII cuando diversas tropas de granjeros y comerciantes españoles invadieron esta región despojando gran parte de la tierra a los indígenas, intercambiándoselas por productos como jabón, sal, mantas y otras baratijas; algunos indígenas fueron obligados a trabajar con ellos como peones pagándoles muy poco. En cambio, otros emigraron hacia las partes más recónditas de la sierra para protegerse y evadir el trabajo forzado en haciendas y minas.

Según las referencias históricas de la época colonial, la conquista y la evangelización inició con los “chínipas”, quienes se relacionaban mucho con los guarojíos, etnia considerada como la más fiera de la región en esos tiempos.

Cuando llegaron los religiosos a su pueblo en 1632, su presencia provocó un levantamiento entre los pueblos indígenas, quienes estaban descontentos con la labor evangelizadora. Esta protesta la comandó el jefe “Combameai”. La primera revuelta terminó con la muerte de dos religiosos, lo que originó una fuerte represión por parte de los españoles. Fue entonces cuando muchos indios guarojíos huyeron y se internaron en la barranca de lo que hoy es el estado de Chihuahua.

editar Sociedad

El inhóspito medio donde habitan los Tarahumaras impone la existencia de familias pequeñas -sus parcelas difícilmente pueden mantener a más de cuatro o cinco miembros de la familia, en la que el “imberbe”, a los 14 años de edad, es considerado ya un adulto para el resto del grupo-. Así, el hogar tarahumara -la unidad más persistente y definida en su vida-, responde a las modalidades originales de su psicología y, al asegurar las bases económicas del matrimonio, cumple con vital función social, impidiendo uniones permanentes entre tarados físicos o mentales, o entre faltos de carácter o de sentido de responsabilidad.

Estructura familiar

El padre utiliza un término diferente para referirse a su hijo (Nolá) y su hija (Malá), pero la madre emplea un mismo nombre para todos sus hijos (Dánala). Por su parte, el muchacho y la chica, cada uno tiene un término separado para designar al padre, sin embargo ambos usan el mismo para la madre. (Bennett y Zing)

A los hijos nunca les regañan, y desde muy pequeños les dejan la responsabilidad del cuidado de algunos animales o tierras y sobre todo de decidir por ellos mismos.

La joven tarahumara nunca expone su cuerpo después de los 6 años de edad; aun casada, no se quita la ropa frente al marido e incluso hace el amor vestida. La reserva frente a las experiencias sexuales se rompe en las “tesgüinadas”, donde el joven puede entablar comunicación y contacto con la chica y es una forma aceptada de iniciación libre.

En la vejez, el tarahumara vive en una casa separada, a donde sus hijos le llevan presentes de comida y ropa; cuando muere, se le incinera en alguna cueva o en un cementerio (si es que está bautizado) y se hacen complicadas ceremonias para que su alma viaje sin tropiezo.

En la filosofía rarámuri es primordial el respeto a la persona, por lo que los visitantes o turistas deberán también ser respetuosos con ellos y sus tradiciones, como ellos lo son con toda la gente. Valoran más a las personas que a las cosas.

Los habitantes, mestizos e indígenas de la comunidad tarahumara conviven en un medio social que no favorece a los rarámuri, debido al despojo de casas y hogares amenazados. Esta situación adquiere dimensiones adicionales por la carencia de una adecuada infraestructura para los servicios de salud y educación, en la proliferación de enfermedades y desnutrición infantil, en las muy limitadas alternativas para fortalecer la economía doméstica, en la escasa disponibilidad de electricidad, agua potable, y vías de comunicación, que se agravan con frecuencia por el impacto de los caprichos del clima y las prolongadas sequías.

Vivienda tarahumara tradicional
Vivienda tarahumara tradicional
Caverna habilitada como vivienda por una familia rarámuri
Caverna habilitada como vivienda por una familia rarámuri
Un hombre carga leña en las inmediaciones de un poblado tarahumara de Chihuahua
Un hombre carga leña en las inmediaciones de un poblado tarahumara de Chihuahua
Vivienda

Sus chozas de troncos de árbol, trabadas horizontalmente, salpican las laderas de las montañas a los lados de los arroyos y en las altas mesetas. La parte superior se deja abierta en un lado para que salga el humo del fuego que constantemente arde en la pieza de piso de tierra apalanada. El techo es de tabletas o de troncos acanalados. En sus habitaciones, las mismas desde tiempos precolombinos, no se acostumbran las sillas, las mesas o las camas.

Estilo de vida Tarahumara

Perduran los utensilios de sus abuelos como metates, jícaras, molcajetes, vasijas de barro y bateas. Algunos duermen sobre tarimas o sobre un cuero de chivo en el suelo. No pocos viven en cuevas; las tapias de piedra los guarecen mejor de los vientos y de las lluvias e impiden la entrada a los animales. En las barrancas predominaba las construcciones de piedra y lodo por la escasez de madera. Los hogares, por familia, consisten de dos habitaciones generalmente pero a veces la cocina es también comedor, recamara y sala. La única puerta la abren en el centro del muro.

Generalmente, los tarahumaras tienen carencia de servicios de salubridad y por su mala alimentación los agobian las enfermedades, entre ellas: dispepsias, enteritis agudas, congestiones alcohólicas, cirrosis de hígado, pulmonía, tosferina, tuberculosis pulmonar y sarna.

Matrimonio

El matrimonio es monógamo, aunque hay casos frecuentes de poligamia. Los recién casados prefieren la residencia matrilocal. Se evita la unión entre hermanos y primos, pero en si no hay reglas para esos enlaces. Se acostumbra el matrimonio a prueba, por un año, durante el cual la muchacha se va a vivir con el joven. La mujer embarazada trabaja hasta el último momento. A punto de dar a luz, se retira a la montaña, hace un lecho de yerba junto a un árbol, y apoyada en él, pare, lava al niño y quema el cordón umbilical, el cual entierra.

Generalmente, los tarahumaras se casan muy jóvenes; antes de los 16 años. En las “tesgüinadas” -que son a la vez reuniones sociales y de carácter económico-, se conocen y se tratan todos los miembros de la comunidad. Allí se hacen los noviazgos con plena libertad de selección, aunque es frecuente que la mujer tome la iniciativa en las relaciones amorosas, cantándole, bailándole en frente y llamando la atención del muchacho, tirándole guijarros.

Celebrado selváticamente el matrimonio, al domingo siguiente los casa oficialmente el gobernador, ante la presencia de los demás miembros del grupo. Como se comprenderá, estos matrimonios son monogámicos y endogámicos -en lo primero influye la tradición, y en lo segundo, factores geográficos, la falta de comunicaciones, diferencias en cultura, idioma y economía.

Es evidente el estilo propio con que el indígena ama. El tarahumara, al casarse, lo hace más por cálculo que por amor. Piensa más en lo práctico y lo utilitario, así como en lo fisiológico, que en la espiritualidad de su mujer. Le interesa más la salud de su mujer y que esta sea "nueva" (es decir, joven, fuerte y trabajadora), que su alma. Esto no quiere decir, sin embargo, que carezca él de una tonalidad amorosa propia. Prefiere el uso de su fuerza a los refinamientos eróticos, y la mujer se ha acostumbrado tanto a esto y al pobre y escaso léxico amoroso del hombre, que cuando algún taimado extranjero le dice tiernas palabras al oído, la mujer indígena suele reprocharle: "Tu sólo hablas muy bonito, pero no tumbas". Como en la mayoría de los pueblos primitivos, comúnmente la posesión de la mujer precede al título. Lo acompaña sin flaqueos en el trabajo incondicionalmente, aun en estado grávido, e igualmente puede dar a luz entre los pinares, como junto a una roca del camino, o a la orilla de un río, donde, después de cortar el cordón umbilical con una piedra cortante, seguirá su camino, o continuará con sus pesadas labores diarias.

editar Rasgos fisiológicos

Generalmente, los tarahumaras son delgados, entre ellos son muy raros los tipos musculosos y muy altos. La mujer tiende a ser baja y más robusta. Los ojos generalmente tienden a ser oblicuos, pómulos salientes, orejas chicas, grande nariz y boca, labios casi gruesos; el cabello lo tienen negro, grueso y liso; lampiña y ancha la cara y escaso vello en el cuerpo; su piel es morena, gruesa y un poco reseca por las bajas temperaturas; pies regulares, algo largos sus brazos y sus piernas, como las características de los atletas y corredores de grandes distancias

editar Indumentaria

Mujeres tarahumaras en Chihuahua
Mujeres tarahumaras en Chihuahua
Una mujer teje en un telar de cintura
Una mujer teje en un telar de cintura

En muchas comunidades el tarahumara ha adoptado la indumentaria occidental. Sin embargo, aun conserva la vestimenta tradicional, preferentemente, en el caso de los hombres, y siempre en las mujeres. Las blusasestampados, a veces floreados, son usadas por hombres y mujeres. o camisas de colores brillantes,

Las faldas son muy apreciadas por la mujer, quien viste muchas a la vez, una encima de otra, lo que le da esa apariencia de bellamente esponjada. Le sirve de adorno, de abrigo y, además, parece envolverla en mil colores. Los hombres usan un calzón de manta llamado Tagora. El ceñidor o cinturón lo usan por igual hombres y mujeres. Están tejidos con dibujos propios y los utilizan para sostener pantalones, zapatos y faldas.

El huarache rarámuri (akaka) es muy peculiar: tiene una suela ligera, y correas hasta el tobillo; actualmente utilizan llantas usadas para la suela de sus huaraches. Aunque también es muy común ver a mujeres y a niños descalzos.

La “Koyera”, cinta usada para mantener el pelo en su lugar, es la prenda más distintiva del pueblo tarahumara y la portan con orgullo hombres, mujeres y niños. En algunas comunidades el largo de las puntas da referencia sobre la condición económica del portador, cortas para cuando tienen poco dinero y largas para cuando su condición es holgada.

La cobija es una prenda muy importante que sirve para abrigo durante los días fríos y como cama en la noche. Generalmente, las tejen de la lana de sus propias ovejas y la aprecian mucho, de tal manera que sólo la intercambian o apuestan en ocasiones importantes.

editar Gobierno

Los tarahumaras tienen un espíritu democrático, y en ninguno de los actos de su vida se pone de manifiesto tan elocuentemente como en la elección de su gobierno tribal. Consta éste de un gobernador o “Siríame”, quien es el jefe del grupo; un mayor, especie de juez civil; y varios policías, que son los mandaderos, los que hacen cumplir las disposiciones del gobernador. Son raros los casos en que ellos no resuelven sus problemas en sus concilios dominicales, por lo que las autoridades estatales y federales sólo vienen a ser figuras míticas en la mayoría de las ocasiones.

El Gobernador o Siríame, frecuentemente el más viejo y experimentado de la comarca, cuya actividad más importante es ofrecer a la comunidad, generalmente congregada los domingos, nawésari o sermón en el que se ventilan los problemas de la colectividad. El Gobernador es auxiliado a veces por un segundo gobernador, un capitán, un teniente, un fiscal y varios soldados.

Sin embargo, la comunidad en asamblea es la autoridad suprema; ella elige y dispone a sus autoridades, desde el Siríame que preside las reuniones, dirige el sermón, conduce las ceremonias religiosas, concierta partidos deportivos, juzga los delitos cometidos.

Todos los miembros de la comunidad asisten a las tesgüinadas, desde el alcalde, el teniente, el capitán, el mayor y el fiscal hasta las más humildes gusíwame.

El gobernador, quien es electo de por vida generalmente ejerce su cargo durante 5 o 10 años; la votación se hace por aprobación unánime, en voz alta. Nombrados los distintos candidatos por el gobernador saliente, el que obtiene mayor vocerío es declarado su sucesor, y en él queda depositada la autoridad civil y religiosa. Esta autoridad la personifica el disora o bastón, acompañante inseparable que, ya lo clave en el suelo o lo recargue en una cruz, es obedecido sin protestas por todos. Sin embargo, hasta hoy ningún Siríame ha logrado tener control de todo el conglomerado tarahumara. Cada "pueblo" tiene su gobernador y las demás autoridades indígenas, pero su influencia política rara vez trasciende los límites de su comunidad.

Los guías espirituales los doctores son los owirúames. Aunque existen también los Sokoruames que se encargan de hacer el mal. Al hombre blanco o mestizo le denominan chabochi, al cual rehuyen argumentando que engaña, roba, acumula, despoja, invade sus tierras, es ventajoso, destruye el bosque, no comparte ni es justo, todos ellos grandes valores que los rarámuris llevan hasta sus últimas consecuencias.

editar Tradiciones y religión

Los tarahumaras son muy religiosos pero practican sus creencias al margen de las instituciones católicas o protestantes. No cuentan con espacios religiosos formales como capillas o iglesias.

Se organizan en torno a los cantores (maynates) y rezadores, ancianos que ofician y conducen las ceremonias al ritmo de sus sonajas que hacen con bules y sus cantos guturales donde van narrando y describiendo la vida de los animales del monte como los lobos, coyotes, mulas y zopilotes.

Gran parte de las tradiciones actuales de los rarámuris son una apropiación de lo aprendido de los misioneros jesuitas durante los casi 150 años que convivieron en la época colonial. (Luis G. Verplancken)

Sus complejas celebraciones místico-religiosas están conformadas por danzas, tesgüinadas y ofrendas, en las que nunca falta la bebida tradicional de maíz llamada tesgüino. Para ellos la danza es una oración; con la danza imploran perdón, piden lluvia (para propiciarla se baila la danza de “dutuburi”), dan las gracias por ella y por la cosecha; danzando ayudan a "Repá betéame" (El que vive arriba), para que no pueda ser vencido por "Reré betéame" (El que vive abajo), es decir, el diablo.

Puede afirmarse que el tarahumara ha conservado su vieja cultura con sorprendente tenacidad. Desde hace varios siglos emplean los mismos dibujos, los mismos símbolos en sus obras artísticas, en sus fajas, cerámica y cobijas. A sus muertos continúan dejándoles comida para el viaje sin retorno y les "ayudan" a subir al cielo mediante la celebración de tres o cuatro fiestas, según si el difunto es hombre o mujer. Aunque en muchos casos el significado de ritual ha desaparecido, éste ha demostrado gran vitalidad para subsistir.

Todos sus movimientos se han mantenido vivos, latentes y aun han influido en algunas ceremonias de la Iglesia católica. La existencia del patio para las ceremonias rituales, el humo, que es el incienso del tarahumara, el rocío de los cuatro puntos cardinales, y los cánticos ininteligibles se practican religiosamente, pero no pueden los tarahumaras darnos una explicación mitológica de todo esto.

El Chamán (sukurúame emplea practicas ocultas para hacer el mal. y el OWIRUAME es el sanador bueno, en los días antiguos se transportaba de un lugar a otro en forma de ave, al llegar a su destino recuperaba su cuerpo, a veces viajaba junto con su familia.

El chamán es el guardián de las costumbres sociales de un pueblo. Sus obligaciones como especialista ritual y terapéutico le obligan a ser un defensor del orden tradicional. Su función es establecer un equilibrio entre el cuerpo y el cosmos. Algunos chamanes utilizan el peyote (híkuli) para sus curaciones, esta planta alucinógena tiene un uso restringido y sólo los chamanes saben la cantidad que se utilizará, así como su recolección y almacenamiento. Se usa como ungüento en la piel para sanar reumatismo, mordeduras de serpiente y otras dolencias. En ciertos lugares solo se usa el Jiculi para curar, y en otros la Bakanoa, son plantas sagradas que tienen asegurada su territorialidad. y los de un lugar no se atreven a mencionar la planta del otro lugar. Los tarahumaras tienen como Dios principal una fusión de Cristo con su dios, al cual denominan Onorúame, quien hizo al mundo y lo regula. Las concepciones religiosas incluyen el concepto del alma y el de su pérdida. El hombre está rodeado de seres malignos y benignos; el viento es bueno y el tornado es malo. Se han añadido a sus creencias los nombres de Jesús, María, Dios, infierno y pecado, el uso del rosario y del crucifijo y el santiguamiento.

La Semana Santa

Al llegar los misioneros a la sierra trataron de enseñar a los rarámuri ciertos pasajes evangélicos de la Semana Mayor, celebraciones que fueron de gran agrado para los indígenas. Actualmente en todas las partes donde hay un templo se siguen haciendo estas celebraciones siguiendo el mismo patrón que los misioneros les enseñaron. En estas fiestas colocan ramas de pino que marcarán el camino de las múltiples procesiones; aquí participan principalmente dos grupos: el de los fariseos (bandera blanca) y el de los soldados (bandera roja); ambos tienen capitanes que los dirigen, tenaches que cargan con las imágenes de los santos y los pascoleros que participan con la alegre danza del pascol, usando cascabeles alrededor de los tobillos bailan al son de los violines y flautas.

Un dato interesante es que los rarámuris simbolizan a los chabochis en el grupo de los malos (fariseos), los cuales se pintan de blanco y representan a los partidiarios de Judas, que en la danza simbólicamente andan en todas partes y dominan la situación, pero al final son vencidos y triunfan los representantes del bien: los soldados.

Danzas rituales

Las danzas que realizan los tarahumaras, no son meramente bailes sociales, sino ceremonias llenas de significado; son una plegaria en pantomima, cuidadosamente ejecutada, y jamás cambiada por la inventiva. Pocas ceremonias tienen la afinidad del actor y el espectador inherente en estas danzas, hilos de comprensión tejido en la tela de la vida de la tribu, motivación espiritual de costumbres y creencias. Para el observador curioso podrán parecer un retroceso raro, de fondo impresionante, e indumentaria artística, pero, esencialmente, entretenimiento. Mas, para el indio, significan mucho más, pues a través de sus danzas se desenvuelve su cultura y en ellas expresa sus esperanzas, sus temores, los tormentos de su alma, sus anhelos de vida mejor, y sus plegarias por felicidad y alegría. Bailan para agradecer bendiciones o para alejar los maleficios y para evitar las enfermedades, el sufrimiento y la tragedia....

A través de sus danzas se ponen en comunicación con Dios. Al son del ruido isóncrono que producen sus sonajas, con unción religiosa, ejecutan el Tutugúri y el Yúmare, tan parecidos al mitote de los huicholes y tepecanos del Sur; las pascolas y la danza del peyote.

El baile Tutugúri, es deprecatorio y generalmente se ejecuta de noche, especialmente en época de cosechas. Lo bailan toda la noche, y al amanecer se comen las ofrendas que habían colocado al pie de las creces. Tanto este baile como en el Yúmare no se tocan el violín y la guitarra, sino nada más acompaña al canto del sacerdote la sonaja. Con excepción de la Semana Santa, los Matachines -baile de la época colonial-, se bailan en todas las fiestas al son de guitarra y violín.

Es interesante observar que la característica más notable es el silencio. La vida nómada y las tesguinadas no se prestan para una extensa mitología o para un acervo de cuentos y leyendas.

editar Festividades

Las fiestas son una parte importante de su cultura porque conserva su identidad. Entre las ceremonias más trascendentes están las que realizan durante el ciclo agrícola, en fechas del calendario católico y cualquier acontecimiento familiar como el nacimiento de un hijo.

La tradición es que cada hombre organice tres fiestas durante su vida y la mujer cuatro porque es la más propensa al pecado y debe pagar más. Un elemento básico de la ceremonia es la presencia del cantor, quien desde que se oculta el sol, cuando inicia la fiesta, hasta la madrugada del día siguiente entona los cantos que sirven de fondo para que hombres y mujeres dancen. También bailan la “Pascola” que acompañan con música de arpa y violín.

En la etnia de los guarojío, cuando alguien de la comunidad muere, se realizan tres velaciones, pues consideran que debe volver a recoger sus huellas por los lugares donde pasó y en caso de no hacerles las ceremonias se convierten en almas sin descanso. Al igual que los tarahumaras, pima y tepehuanes, consumen tesgüino durante los rituales, lo que acarrea problemas de violencia.

Tesgüino

Del nacimiento a la tumba, a propósito del ciclo agrícola, de las fiestas, del trabajo compartido al servicio de la comunidad, el “tesgüino” los acompaña para subrayar la convivencia, el esfuerzo común, la celebración especial, es el alimento fundamental de los dioses. Por esta razón se ofrece al sol y a la luna, a los cuatro rumbos del universo, a las milpas y a los innumerables espíritus del cosmos.

Los matachines

Son los bailarines que actúan en las fiestas de la iglesia. Se distinguen por el brillante colorido de su atuendo. La danza matachín es ejecutada por un número par de bailarines, ocho o doce, que bailan acompañados de violines y guitarras. Es un baile de movimiento, giros y cambios rápidos, ejecutado en dos hileras de danzantes bajo la dirección del jefe. Los chapeones marcan el ritmo lanzando gritos en falsete, además de ser la única persona que usa máscara, también revisan que la indumentaria de los danzantes sea la establecida.

Las carreras de bolas (rarajípari)

Este es un juego de pelota muy común entre los tarahumaras y guarojíos. Es también el acto colectivo más importante que llevan a cabo los hombres tarahumaras. Consiste en lanzar con el empeine del pie una bola (komakali) hecha de raíces de encino u otro árbol y correr descalzo detrás de ella hasta alcanzarla. Con esta carrera los equipos realizan apuestas, resulta ganador quien llegue a la meta, la cual a veces está a 200 kilómetros de distancia. Las carreras pueden durar hasta dos días, toda la comunidad apoya y ayuda a sus competidores: les llevan agua y pinole, iluminan su camino durante la noche con ocotes encendidos, les echan porras, e incluso corren con ellos a lo largo de toda la ruta. Las mujeres también juegan a lanzar dos pequeños aros entrelazados, a lo que le llaman rowena. Con las carreras representan la razón de ser de su existencia: el correr.

Procedimiento del Rarajípari
  • Se juega en equipos, cada equipo es de 5 integrantes, y utilizan un los llamados palillos, que se asemejan a una cuchara de un metro de largo. Están hechos de una sola pieza de madera de encino. En la punta miden tres centímetros de ancho y se van ampliando hasta alcanzar unos veinte centímetros donde empieza la cuchara.
  • Junto a los palillos entierran la pequeña pelota de madera, del tamaño de una de golf. Antes de empezar hacen las apuestas. Puede ser en efectivo o prendas. También el público apuesta.
  • En cuanto gritan que inicia el partido, los diez jugadores agarran su palillo y amontonados buscan la pelota enterrada. El juego consiste en aventar la bola con el palillo para el lado contrario.
  • El equipo que llega primero a la meta gana. Fijan un espacio de aproximadamente un kilómetro a lo largo del arroyo.
  • No hay reglas para quitarse la pelota. Se empujan, se avientan y suben por la ladera en busca de la bola.
  • Después de una reñida competencia, descansan un rato y continúan con el juego de pelota. Participan los mismos integrantes. En este caso la bola es más grande, de unos veinte centímetros de diámetro, y la avientan con el pie. En este juego no disputan el balón. Cada equipo tiene el suyo, gana el que llegue primero a la meta. Deciden dar tres vueltas aproximadamente un kilómetro cada una.
  • Antes de hacer las apuestas, los indígenas se quitan un huarache para pegarle con más facilidad a la pelota. Así continua el juego hasta que el equipo ganador logra llegar a la meta.

editar Mito de la creación tarahumara

“Dios creó a los rarármuris y el diablo a los chabochis”. Bajo la premisa de esta leyenda que se transmite por tradición oral entre los indígenas de la Sierra Tarahumara, subyace una realidad insoslayable: la pobreza y la marginación de las etnias que habitan el territorio chihuahuense.

En la leyenda, Dios se enoja con los rarámuris porque perdieron una competencia ante los chabochis. Y de allí devino una sentencia que se ha convertido en práctica ancestral, que durante siglos ninguna autoridad, ni divina ni humana, ha podido erradicar: “...Les dijo que de ahí en adelante serían pobres (los rarámuris) y los chabochis ricos”.

El Sol y la Luna

Es creencia general entre los tarahumaras el hecho de que en un principio todo lo era el Sol y la Luna, que en forma de niños vivían solos, vestidos únicamente con hojas de palmilla y habitaban una choza de palos revocados con lodo y techo de palma. Estos niños no poseían ningún bien terrenal: ni vacas, ni chivos, ni gallinas, ni borregos, ni cóconos. Los dos niños eran de color oscuro y el lucero de la mañana era el único que brindaba luz a la tierra pecaminosa. La luna se comía los piojos de la cabeza del sol y el lucero de la mañana los vigilaba.

Poco después varias centenas de tarahumaras no hallaban qué hacer en tanta oscuridad. No podían trabajar y tenían que tomarse de la mano para no tropezar con las piedras y caer a los barrancos. Pero he que un día curaron al sol y a la luna tocándose el pecho con crucecitas de madera de madroño mojadas en tesgüino, y poco a poco el sol y la luna empezaron a brillar y a dar luz. Cuando el mundo se llenó de agua (diluvio), un niño y una niña tarahumara subieron a la montaña llamada Lavachi (guaje), situada al sur de Panaláchic, de la cual llegaron cuando el agua desapareció llevando consigo tres granos de maíz y tres de frijol, y como todo estaba blando con tanta agua, las plantaron en una roca, se acostaron y tuvieron un sueño aquella noche. Posteriormente cosecharon, y de ellos descienden todos los tarahumaras.

La leyenda de Basaseachi

Ocurrió en tiempos inmemorables, cuando el mundo estaba tiernito, antes de que llegaran los españoles a esta tierra. Candameña era el amo y señor de la Alta Tarahumara. Tenía una hija llamada Basaseachi, de extraordinaria belleza.

Muchos aspiraban a ella y el celoso padre les impuso una serie de difíciles pruebas. Cuatro de ellos las superaron: Tónachi, señor de las cimas; Pamachi, el de más allá de las barrancas; Areponápuchi, el de los verdes valles; y Carichí, el de las filigramas de la cara al viento.

Pero en la última prueba que Candameña les impuso todos murieron. Basaseachi, desesperada, se arrojó al abismo. Su caída se transformó en cascada por la poderosa magia del brujo del lugar. Desde entonces su cuerpo no ha dejado de fluir por las profundidades de la barranca.

Nunca se supo de Candameña, la tristeza lo invadió y desapareció, aunque muchos creen que su espíritu vaga por la barranca buscando el cuerpo de su amada hija.

editar Referencias

  1. Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indios (2005): Lenguas indígenas de México. En: http://cdi.gob.mx/index.php?id_seccion=66

Comentarios (2 Publicado):

ROMÁN CORRAL SANDOVAL Sobre 13 June, 2008 01:11:12
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BREVE BIOGRAFÍA DE ROMÁN CORRAL SANDOVAL.

"El Escritor de Batopilas en el Siglo XXI".

Radica en Ciudad Juárez, Chihuahua.



El Profesor Román Corral Sandoval nació en la Ciudad de Chihuahua, el 29 de Agosto de 1951. Realizó sus estudios de maestro de educación primaria en la Escuela Normal del Estado de Chihuahua de 1967 a 1970, año en que inició sus labores docentes en la Baja Sierra Tarahumara, en la pequeña comunidad de la Misión de Satevó, municipio de Batopilas, en la región de las barrancas del suroeste del estado de Chihuahua hasta 1972.



De 1972 a 1977 laboró como maestro de grupo de escuelas primarias en las comunidades de Armera y El Molino, municipio de Namiquipa.

En 1977 es adscrito a Ciudad Juárez, laborando con grupos escolares de escuelas primarias, secundarias y preparatorias, jubilándose en el año 2000, al cumplir 30 años de servicio docente. Es egresado de la Escuela Normal Superior “José E. Medrano”, de la Ciudad de Chihuahua de los cursos de verano, Generación 71-76, titulándose como maestro de educación media en la especialidad de Geografía.



Ha colaborado como articulista de temas sociológicos en la prensa juarense, así como en las revistas: 4o. Poder, Entorno de la UACJ, Semanario, Acueducto de la JMAS. En 1989 fue reportero de los periódicos Diario de Juárez y El Tiempo. Actualmente colabora con algunos periódicos digitales.

LIBROS PUBLICADOS:

1.- En enero de 2005, publica su primer libro: “Rumbo a Batopilas. Memorias de un maestro rural”.

2.- En febrero de 2006 publica su segundo libro: “Camino a Namiquipa. Apuntes sobre la escuela rural”.

3.- En 2007, publica “Un Viaje al Paraíso Chihuahuense”, (Barranca de Batopilas), texto con el que obtuvo una de las cuatro menciones honoríficas otorgadas en el concurso literario Premio Nacional “Alejo Carpentier” de Autobiografía y Biografía para Obra Publicada en agosto de 2007, convocado por la Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografía, la AMAB , de la Ciudad de México. En este concurso participaron más de 200 autores, algunos de Sudamérica. Este texto lo presentó en Batopilas el 13 de Septiembre de 2007, en el marco de la programación del III Festival Internacional Chihuahua y el 12 de Octubre de 2007 en el Festival Internacional de la Ciudad de Chihuahua.



4.- En febrero de 2008, publica “Biografías de Maestros Chihuahuenses”. Tomo I. “Maestros fundadores en 1958 de la escuela secundaria de El Molino, municipio de Namiquipa, Chihuahua”. Se redactaron los testimonios de José Ángel Aguirre Romero, Andrés Rentería Duarte, Amador Caballero Legarreta, Manuel Martínez Martínez, Melquíades Chávez Anguiano, etc. Este texto se presentó el pasado seis de mayo en el Teatro de Cámara Ciudad Cuauhtémoc, en el marco de la programación del Festival de las Tres Culturas haciéndose acreedor a una estatuilla.



5.- Ha presentado sus textos en la “Quinta Gameros”, Casa de Cultura “Sebastián” y en la Benemérita y Centenaria Escuela Normal del Estado “Luis Urías Belderráin” de la Ciudad de Chihuahua, así como en los municipios de Namiquipa, Batopilas, Cuauhtémoc y en varios recintos culturales de Ciudad Juárez: Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Chihuahua, Universidad Pedagógica Nacional, Biblioteca Municipal “Antonio Tolentino”, Auditorio Municipal “Benito Juárez”.

NOMBRAMIENTO Y RECONOCIMIENTO OFICIAL COMO:

"EL ESCRITOR DE BATOPILAS EN EL SIGLO XXI"

6.- El 25 de marzo de 2008 el Honorable Ayuntamiento de Batopilas, Chihuahua, lo nombró “El Escritor de Batopilas en el Siglo XXI”, por la difusión que ha hecho de la Barranca de Batopilas e nivel estatal, nacional e internacional, recibiendo felicitaciones por escrito de parte del Gobernador del Estado de Chihuahua, Licenciado José Reyes Baeza Terrazas y del Presidente Municipal de Juárez, Licenciado José Reyes Ferriz.





¡HERMANOS TARAHUMARAS!


AUTOR: ROMÁN CORRAL.



¡HERMANOS TARAHUMARAS,
gigantes de las sierras,
de llanos y barrancas,
caminantes de las sendas,
de atajos y veredas!



¡HERMANOS TARAHUMARAS,
amos de tierras bravías,
danzantes de pascolas,
monótonas melodías,
en noches de lunas llenas,
corredores de lejanías,
de noblezas, valentías!



¡HERMANOS TARAHUMARAS,
vencedores de hambrunas,
de males y epidemias,
sin futuro ni fortunas,
en distantes serranías,
desfallecen con las lunas!



¡HERMANOS TARAHUMARAS,
iluminen mis tinieblas,
con las fogatas y antorchas,
guiadas por sus almas buenas
los seguiré en veredas,
en caminos de las sierras,
de escarpadas geografías,
como en los lejanos días,
a la luz de las estrellas!



¡HERMANOS TARAHUMARAS,
de Urique o Batopilas,
de sierras o barrancas,
sus músicas de pascolas,
de ceremoniosas danzas,
estarán en mis memorias,

como viejas añoranzas,

al ritmo de sus plegarias,

de justicias, esperanzas!

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"AUNQUE EN 1970 LEÍA CASI EN TINIEBLAS,

...BATOPILAS LE DIO LUZ A MI ESPÍRITU"



*ROMÁN CORRAL SANDOVAL.

“El Escritor de Batopilas en el Siglo XXI”

http://www.redescritoresespa.com/R/romancorral.htm

http:/www.escritores.dechihuahua.com/alfabetico.asp

roman_corral@yahoo.com.mx http://www.poetasdelmundo.com/verInfo_america.asp?ID=4274



* Primer escritor chihuahuense en ser admitido en noviembre de 2007, en la REMES, Red Mundial de Escritores en Español, con sede en Madrid, España.

http://www.redescritoresespa.com/R/romancorral.htm

* Primer poeta juarense en ser admitido en mayo pasado en el MOVIMIENTO POETAS DEL MUNDO, con sede en Santiago de Chile.

http://www.poetasdelmundo.com/verInfo_america.asp?ID=4274



* PROFESOR ROMÁN CORRAL SANDOVAL.

Nació en la Ciudad de Chihuahua el 29 de Agosto de 1951. Pertenece a la Generación 1967-1970 de la hoy Benemérita y Centenaria Escuela Normal del Estado “Profr. Luis Urías Belderráin”

Miembro de:

* Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez. A. C. S. E. C. J.

* Grupo Escritores Nacidos en Chihuahua;

* Red Mundial de Escritores en Español. REMES.

* Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografía. A.M.A.B.

* Movimiento Poetas del Mundo.


OBRAS PUBLICADAS:
* "Rumbo a Batopilas. Memorias de un maestro rural". 2005.
* "Camino a Namiquipa. Apuntes sobre la escuela rural". 2006.
* "Un Viaje al Paraíso Chihuahuense". (Barranca de Batopilas". 2007.
* "Biografías de Maestros Chihuahuenses". Tomo I. Maestros
fundadores en 1958 de la escuela secundaria de El Molino, Namiquipa, Chihuahua. 2008.


ESCRITORES DE BATOPILAS EN EL DEVENIR HISTÓRICO:
* JOSÉ SÁNCHEZ PAREJA. “El Escritor de Batopilas en el Siglo XIX”. Obra: "Reseña histórica de Batopilas".1884.

* GRANT SHEPERD. “El Escritor de Batopilas en el Siglo XX”. Obra: "The Silver Magnet". 1935.

* ROMÁN CORRAL SANDOVAL. “El Escritor de Batopilas en el Siglo XXI”. Por Acuerdo del 25 de Marzo de 2008 del H. Ayuntamiento de Batopilas, Chihuahua. Obras: "Rumbo a Batopilas, Memorias de un maestro rural". 2005. "Un Viaje al Paraíso Chihuahuense. 2007.
"Batopilas: un pueblo olvidado de la Baja Sierra Tarahumara". (En proceso)

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A T E N T A M E N T E



"Aunque en 1970 leía casi en tinieblas,

...Batopilas le dio luz a mi espíritu".



ROMÁN CORRAL SANDOVAL

"El Escritor de Batopilas en el Siglo XX".



TEL.CASA: 613-21-24. Cel: (656)-708-30-03

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ROMAN CORRAL SANDOVAL Sobre 13 June, 2008 01:18:21
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MI CONTACTO CON LOS TARAHUMARAS DE BATOPILAS.
Por: Román Corral Sandoval.
No me explico el porqué los tarahumaras o rarámuris, auténticos y originales dueños del estado de Chihuahua, viven en cuevas de las barrancas o sierras, vestidos con harapos y alimentándose como en la Prehistoria, sirviendo como bestias de carga y soportando enfermedades, hambrunas y explotación. En Batopilas observé indígenas tarahumaras en condiciones infrahumanas: sin la luz del alfabeto, cargando sobre sus espaldas muebles, vigas, bultos pesados, por el pedregoso “camino real”, desde el Mineral de La Bufa hasta el poblado de Batopilas, cuesta arriba y cuesta abajo, sin inmutarse y sin quejarse de nada. Los veía pasar todos los días por el “camino real” por un lado de mi salón de clases caminando solos o en pequeños grupos. Al igual que los habitantes de la Misión de Satevó, los tarahumaras sufren de los mismos males y marginación social pero en mayor escala; los mestizos o “chabochis”, como nos llaman los tarahumaras nos sentimos “superiores” a los hermanos rarámuris y algunos moradores de la Misión de Satevó los creían inferiores porque estos indígenas se ponían apellidos de animales o cosas: Juan Ratón, Pedro Pitahaya, etc. Y así iban los tarahumaras a buen paso recorriendo el “camino real” cargando sobre sus espaldas pesados bultos y el gran peso de la marginación social. El “camino real” es la vía de comunicación de la Barranca de Batopilas y de otras municipalidades vecinas; es la columna vertebral que une a todas las comunidades de la barranca y la sierra que en 1970 carecían de carreteras pavimentadas como las que existen en el altiplano y desierto chihuahuenses; en este 2008, la mayoría sigue en la misma situación. roman_corral@yahoo.com.mx
1.- Reparto de cobijas en la Misión de Satevó. En 1972 bajaron de las serranías cercanas a la Misión de Satevó cientos de tarahumaras, se concentraron en el patio escolar y alrededor del templo en espera de que les fuera proporcionada una cobija. El gobierno federal cuyo titular era Luis Echeverría Álvarez envió un gran helicóptero con quinientas cobijas que beneficiaron a igual número de personas principalmente tarahumaras. En el cuarto anexo a la Casa del Maestro de 25 m2 y en mi habitación fueron apilados los cobertores desde el piso hasta el techo; durante tres noches dormí en el pasillo estrecho que quedó entre los cobertores apilados. El Comisario de Policía Dolores Gil Hermosillo recibió la orden de llamar a los tarahumaras de las serranías cercanas a la Misión de Satevó y por espacio de varios días éstos se presentaron para recibir el obsequio del gobierno de la república; la escuela fue utilizada para dicho trámite porque en esta pequeña comunidad no existe otra institución oficial.
2.- Una huella digital: única constancia de su existencia. Los tarahumaras sin pronunciar palabra firmaron de recibido en unos documentos especiales estampando la huella digital del dedo pulgar derecho; no sabían leer ni escribir y no tenían nombres ni apellidos, tal vez en su comunidad los llamaban o se comunicaban de alguna manera; eran chihuahuenses que no figuraban en el Registro Civil por lo que oficialmente no existían y casi ninguna autoridad se preocupaba por su status legal; nadie sabía las fechas de sus nacimientos, tal vez ni ellos; lo que era seguro eran sus fallecimientos en la Barranca de Batopilas en el interior de alguna cueva, en un jacal, a orillas del río, en algún atajo o en la profundidad de algún abismo o precipicio de esta irregular orografía, de lo cual tampoco quedaría constancia legal.
3.- Cobijas nuevas para cubrir una marginación ancestral. Los moradores que fueron a buscar a los tarahumaras a la Cumbre llamada “El Pajarito” y a otras serranías seguramente hablaron con los gobernadorcillos como Bernabé Herrera de la comunidad de “Buena Vista” o con Julio Noriega de “El Chilicote”. En los días en que desfilaron por el patio escolar centenares de tarahumaras desde lugares desconocidos en el mapa del estado de Chihuahua, pude observar sus rasgos físicos, conducta, hermetismo o introversión y desconfianza hacia los “chabochis”. Desnutridos, de cuerpos demasiado delgados, piel reseca y lacerada por las inclemencias del tiempo, vistiendo harapos y descalzos los rarámuris volvían a sus comunidades con una cobija nueva de colores llamativos que contrastaba con sus rostros tristes, miradas perdidas y su miseria ancestral. No he observado desde entonces a seres humanos tan callados, sufridos y marginados. Es de agradecerse lo que hizo el gobierno federal por los tarahumaras, supuestos dueños de los bosques chihuahuenses; pero la verdad es que nuestras etnias merecen un mejor destino y nivel de vida; cuando a estos humildes seres humanos se les da una limosna, es el pan de hoy y el hambre de mañana ya que son tantas sus carencias que estas cobijas recibidas solamente prodigaban un paliativo a su miseria ancestral; durante los días de la repartición de tan llamativos cobertores observé en vivo y a todo color los matices de la marginación social.
4.- La situación de los tarahumaras. Son los rarámuris y los antiguos tubares los que han conocido palmo a palmo, los caminos, veredas y atajos de las barrancas y sierras donde han dejado gran parte de su vida al recorrer a pie esas grandes distancias para ir a las tiendas de los “chabochis” a comprar manta, manteca y mercancías con el escaso dinero que obtienen por rentarse como si fueran animales de carga o por la venta de panelas o quesos que elaboran con la leche de las cabras si es que algunos las poseen o por la venta de hierbas medicinales mismas que utilizan para curar sus males. Los tarahumaras de las barrancas no viven igual que sus hermanos de las partes altas de la sierra; los primeros viven en jacalones o en cuevas donde existen pinturas rupestres o huesos petrificados de seres humanos que hace miles de años probaron lo agreste e inhóspito de estas montañas y profundos cañones; son los descendientes de los rarámuris que ayudaron a los misioneros jesuitas a construir el templo de la Misión de Satevó, salidos de las cavernas de las barrancas donde nacieron y donde seguramente morirán; estos indígenas nunca han visto de manera directa los adelantos científicos y tecnológicos de la “civilización”; es lamentable decirlo pero entre más progreso económico existe en nuestro país las etnias y otros grupos sociales sufren más marginación; así lo percibía en 1970 y ahora en el 2008, esta cuestión sigue igual, pues oficialmente existen en México 60 millones de personas que viven en pobreza extrema. Los tarahumaras de la Barranca de Batopilas en 1970, no eran mexicanos de cuarta ni de quinta o sexta categoría, sencillamente no encajaban en ninguna categoría socio-económica, porque cientos de ellos, por las condiciones en que los observé en la Misión de Satevó, me dio la impresión de que vivían en la Prehistoria, aunque el hombre había llegado a la Luna en julio de 1969. Grant Shephered dejó claro en su texto que le parecían tristes, solos y abandonados los habitantes de la Misión de Satevó, pero los tarahumaras de las serranías vecinas a esta comunidad de plano no merecieron un estudio profundo o comentarios extensos para este escritor norteamericano quien escribió el libro “The Magnet Silver”. Históricamente los tarahumaras y otras etnias del estado de Chihuahua, ocupaban las tierras fértiles del altiplano chihuahuense, antes de la llegada de los españoles a estas tierras norteñas encabezados por Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, pero debido al miedo de ser exterminados por los conquistadores europeos, huyeron hacia la zona montañosa de la Sierra Madre Occidental. Sin embargo el avance español llegó hasta las barrancas y las sierras, acompañados por los misioneros jesuitas, que realizaron su obra evangelizadora en las serranías y construyeron las misiones con ayuda de la mano de obra indígena.
5.- Las Carreras de Bola. Otro aspecto que conocí de los tarahumaras fueron sus fiestas religiosas que observé con destalle el 01 de febrero de 1971. Para esta descripción me basaré lo escrito en mi Diario. Lunes 01 de Febrero de 1971. “...Mis alumnos del turno vespertino del tercero y cuarto grados estaban muy inquietos dentro del aula escolar, se paraban y desde sus mesa-bancos se asomaban por la ventana para observar a los numerosos tarahumaras que transitaban por el “camino real” provenientes de las montañas cercanas a la Misión de Satevó para reunirse con otros que ya descansaban alrededor del templo y que habían llegado desde las serranías desde las primeras horas del día. En breve iniciarían las Carreras de Bolas en vísperas de la celebración del “Día de la Candelaria”. A las 05:00 p.m opté por terminar las clases y mis alumnos presurosos corrieron atravesando el patio o cercado escolar, para luego tomar por el “camino real” hacia el sur, pasando el arroyo seco que divide a la comunidad en dos partes; en la parte sur se localiza el templo y a su alrededor estaban sentados en cuclillas numerosos rarámuris con su piel curtida por el sol, su atuendo singular y algunas prendas valiosas para apostar en las Carreras de Bolas. También me enfilé hacia el templo para ver de cerca dicho encuentro festivo-deportivo; algunos moradores de la Misión de Satevó y un sinnúmero de tarahumaras descansaban recargados en el cercado de piedras del frente del templo: esperaban con atención el inicio de las Carreras de Bolas. La primera carrera fue de diez vueltas: así fue el acuerdo de los dos equipos contrincantes integrados por seis miembros. La bola era de madera del tamaño de una de béisbol, hecha con guásima o de palo rojo. Con el pie derecho, cada equipo, con la bola reposando en el suelo trataría de aventarla hasta los puntos escogidos ex profeso, de ida y de vuelta, hasta completar diez vueltas. La carrera dio inicio y surgieron las apuestas (manta, velas, dinero, objetos de valor, etc.) por el equipo favorito: la partida fue en el lado poniente del templo: hacia el sur se llegaría hasta el puerto del panteón para completar una vuelta en el arroyo ubicado a unos cuantos metros al norte del templo. Los equipos de tarahumaras representados con sus mejores corredores estaban listos en la meta de salida esperando ansiosos con su pelota de madera reposando en la tierra; esperaban la señal de partida, mientras los asistentes estaban a la expectativa reunidos en pequeños grupos platicando y riendo nerviosamente: cada vuelta duraría en promedio siete minutos. Cuando la carrera dio inicio el público gritaba apoyando a su equipo y las palabras en rarámuri sobresalían al español hablado por los chabochis…”. Era la primera vez que era testigo de la algarabía que encerraba esta competencia entre los tarahumaras pero también que los veía contentos, debido a que no tienen muchos motivos para estarlo dada su marcada marginación social: palpé la gran resistencia física de esta etnia y dominio pleno del terreno montañoso, me sentí inferior frente a estos atletas indígenas, a pesar de que a mis diecinueve años de edad había caminado y recorrido distancias en forma suficiente debido a mi origen humilde, ya que mi familia nunca tuvo automóvil. Después de más de una hora de dura competencia donde los participantes dieron muestra de una extraordinaria condición física el equipo ganador fue ovacionado a la manera de los rarámuris; riendo y apenas enseñando la dentadura, pero sin escandalizar. En ese momento el sol se estaba ocultando entre las montañas y quizá no lo había hecho porque deseaba esperar el desenlace de esta espectacular Carrera de Bola donde reunió a cientos de espectadores…”.
6.- Historia de las Carreras de Bola. Algunos historiadores señalan que durante la Época Colonial, los corredores indios llevaban el correo desde la Ciudad de Chihuahua hasta el poblado de Batopilas por una distancia de 400 kilómetros de terreno abrupto en tres días; descansaban un día: efectuaban el regreso en tres días más. Por otra parte, lograr alcanzar a un venado a pie puede parecer imposible para cualquier persona, pero no para los tarahumaras, que desde su infancia son adiestrados para las carreras de larga distancia. Las razones para dar tanta importancia a la Carrera de Bola son estrictamente sociales; las carreras tarahumaras a pie pueden durar días, ya que las piernas de los rarámuris son poderosas; también se prolongan por días las tesgüinadas. Sin duda alguna, el alcoholismo, la tuberculosis y una desnutrición lacerante son los enemigos mortales que diezman a los tarahumaras; no obstante, pueden cargar sobre sus espaldas lo equivalente a lo que un arriero transporta en el lomo de una mula por el pedregoso “camino real”: así son los tarahumaras de la Barranca de Batopilas a los que tanto admiré en los dos años de mi estancia como maestro rural en la Misión de Satevó, tiempo que marcó para siempre mi interior y le dio un sello especial a mi forma de ser y de pensar. Por todo esto puedo concluir que los rarámuris son los chihuahuenses a los que más admiro y respeto.
7.- Las Danzas de las Pascolas. Una vez terminadas las Carreras de Bola se iniciaron los preparativos para la Pascola (danza de los tarahumaras) donde participaron los adultos al compás del violín y tambores. En esta ceremonia convivieron los rarámuris en una clara hermandad con los chabochis o mestizos, o sea, los moradores de la Misión de Satevó; al anochecer en el interior del enorme templo a la luz de las velas, cachimbas y teas noté alegres los rostros de los asistentes, algunos vistiendo vistosos atuendos, coloridos y llamativos recién elaborados para la ocasión; pronto dio inicio la música monótona de la Pascola, donde los niños se integraron a la fiesta colectiva danzando junto con los adultos quienes vestían atuendos para esta fiesta religiosa en forma multicolor. Aunque varias personas no danzábamos, con nuestra presencia y respeto nos sentíamos integrados a esta fiesta pagano-religiosa: fue la primera vez que deseaba profundamente ser tarahumara para integrarme a su espiritualidad y poseer la nobleza de su alma…”.
8.- El tesgüino. “…A las 10:00 p.m. de ese 01 de febrero de 1971 después de observar durante dos horas a los incansables danzantes acompañé a Don Francisco Soto Fierro, presidente de la mesa directiva de la sociedad de padres de familia a tomar tesgüino en la casa de Aída Cruz Cruz, madre de mis alumnos Petra, Clotilde y Felipe Torres Cruz. Esta bebida elaborada con la fermentación de los granos de maíz es parte primordial de estos festejos: era la única forma en que podía ser partícipe de tan contagiosa alegría. La mayoría de los moradores de la Misión de Satevó habían preparado tesgüino para brindarlo, en un gesto de hospitalidad a los danzantes y acompañantes; también lo elaboran los tarahumaras que habitan las montañas que rodean a esta comunidad y lo consumen como motivo general de sus fiestas y ceremonias religiosas pero además como válvula de escape para olvidar, al menos unas horas, su triste realidad y los problemas inherentes a la pobreza que sufren en forma ancestral; también consumen lechuguilla o bebida que se extrae de una especie de maguey o agave, y al sitio donde se realiza esta operación o proceso le llaman vinata. Conforme fue transcurriendo la noche el tesgüino empezó a desinhibir a los rarámuris y chabochis mientras la danza cobraba más ritmo y el número de participantes aumentaba; en el interior del templo los danzantes de la monótona música de la Pascola, al ritmo del violín y tambores, parecían no conocer la fatiga; carcajadas y gritos se dejaban escuchar de parte de los chabochis y otros rarámuris que se encontraban en grupos pequeños en una notoria hermandad en esa noche fría en el exterior del templo a la luz y el calor de numerosas y grandes fogatas, en una notoria hermandad; me integré en uno de esos grupos después de que había observado a los danzantes en plena acción con sus atuendos vistosos; fue la primera vez que tomé tesgüino hasta marearme para experimentar y olvidar un poco mis problemas. Me retiré en la madrugada porque la fiesta parecía no tener fin; en el trayecto a la Casa del Maestro pensaba que tanta algarabía y el ruido de los pascoleros me iban a servir de sedante para dormir profundamente, aunque los vasos de tesgüino que ingerí ya habían cooperado en algo con este propósito: eran las primeras horas del martes 2 de febrero de 1971, “Día de la Candelaria”…”.
9.- Al día siguiente... “…Caí como bulto de cemento en las tablas apoyadas en los mesa-bancos de mi cama improvisada; desperté a las 06:00 a.m. y desde el patio escolar, pude observar alrededor del templo y seguramente en el interior, cómo yacían muchos tarahumaras dormidos en el suelo soportando la resaca, pero además los había en los arenales del río donde al despertar beberían suficiente agua o la mezclarían con pinole en una lata usada; otros probablemente recostados a la sombra de la vegetación espesa que bordea a lo largo del “camino real” temprano se habían encaminado a sus pequeñas comunidades dispersas en esta parte de la Barranca de Batopilas donde moran en cuevas o jacales; el tesgüino y la jornada maratónica de la fiesta religiosa los habían dejado exhaustos. Al mediodía, la mayoría de los rarámuris, después de comer algo en las viviendas de los moradores de la Misión de Satevó o de sus propios alimentos, como el pinole elaborado con maíz tostado y molido iniciaron el retorno a sus hogares…”.
10.-La “guerra” perdida contra la marginación social. “…Los tarahumaras seguirían con su rutina: comiendo raíces o ramas de diversas plantas de la región cuando la necesidad así lo ameritara, pescando bagres en el Río Batopilas o cazando pequeños roedores u otras especies de la fauna de la Barranca de Batopilas, para poder sobrevivir en el entorno de su lastimosa situación. Numerosos indígenas dormidos en el piso de cualquier sombra, daban la impresión de que había terminado una batalla, en la cual los frentes enemigos habían cesado el fuego porque no quedaba alguien vivo que siguiera disparando desde las trincheras; el humo que se observaba por varios rumbos del templo, no era el de los cañones que al fin guardaban silencio tras cruento combate, sino que salía de los rescoldos de las grandes fogatas a punto de extinguirse mismas que habían dado luz y calor a los combatientes durante toda la noche; el templo de la Misión de Satevó había sido convertido en un campo de batalla para combatir y no sentir, por medio de la alcoholización de los sentidos, los ataques constantes de la pobreza y tristeza, de la desesperanza y el olvido, del abandono y marginación. Este maestro rural, normalista estuvo en la mencionada batalla, pero solamente aguantó el fuego cruzado de unos cuantos vasos de tesgüino hasta la media noche por sus limitaciones personales e inexperiencia tan notable presente a sus 19 años de edad, para aguantar la agresiva embestida del enemigo llamado marginación social, monstruo de mil cabezas que ha sentado sus reales en esta región chihuahuense en forma más notoria, después de la Revolución Mexicana, movimiento social que no benefició gran cosa y que de paso acabó con la bonanza minera de la Barranca de Batopilas. Mi falta de fortaleza en todos los aspectos me impidió vivir en toda su plenitud y valorar en todas sus dimensiones estas situaciones tan peculiares de las costumbres de los rarámuris: no serví ni para el arranque, fui carne de cañón; perdí esta batalla, pero no la guerra; mi entrega consciente a la labor docente al servicio de esta comunidad sería parte de la victoria que podría presentarse en un futuro no muy lejano, al ver a mis alumnos triunfando en la vida…”.
11.- Miércoles 21 de Octubre de 1970. La camarería que observé en el “Día de la Candelaria”, entre chabochis y rarámuris, no se observaba todo el año. Recuerdo que este día, el Comisario de Policía Dolores Gil Hermosillo, de la Misión de Satevó, hizo presos a dos tarahumaras que riñeron. Como castigo, los puso a limpiar de piedras el “camino real” y a desgranar maíz que ellos mismos cargaron desde la milpa o “rosa” del comisario, al que le pregunté el porqué de tal castigo para los indígenas: me dijo que eran cuñados y que se habían agredido físicamente porque el marido le dijo al cuñado que su hermana no sabía hacer cobijas.
12.- Los Tarahumaras en la Misión de Satevó. Con frecuencia me visitaban hasta la escuela algunos tarahumaras con los que platicaba; sentía que me observaban con detenimiento y cierta curiosidad por ser tal vez de tez blanca y pelo castaño: intercambiaban miradas, se sonreían entre ellos sin dejar de conversar conmigo. Una de las tantas lecciones que aprendí de 1970 a 1972 en la Barranca de Batopilas, porque fue más lo que aprendí que lo que enseñé, es que existen chihuahuenses de quinta o última categoría social como nuestros hermanos rarámuris, tan olvidados y abandonados como los demás moradores de la región. Muchos indígenas me aseguraban que las casas de adobe de los chabochis, no servían para vivir porque no son resistentes, debido a que las lluvias y los fuertes vientos las destruyen poco a poco y por eso decidían habitar en cuevas, como lo hacían sus antepasados; algunos tarahumaras que hablaban poco español con los que logré charlar me comunicaron más cuestiones de sus costumbres; me visitaban hasta el plantel escolar para venderme panelas de leche de cabra o hierbas medicinales y a otros los detenía en plena marcha por el “camino real” para platicar bajo la sombra del enorme mezquite del patio escolar que cubría parte de esta vereda; no era fácil charlar con ellos, al principio la mayoría me rechazó debido a que son muy desconfiados de los chabochis. Y es que, desde la Época Colonial estos indígenas fueron despojados de sus mejores tierras de cultivo y obligados a huir a las serranías para no ser exterminados; después, hasta lo que es ahora la Sierra Madre Occidental llegaron los conquistadores a realizar actividades de minería esclavizándolos a pesar de su férrea oposición y realizar numerosas rebeliones; posterior al Movimiento de Independencia a las etnias les fueron arrebatados sus bosques y durante el Porfiriato la mayoría de sus integrantes fueron explotados, esclavizados y vejados al laborar involuntariamente como peones en las haciendas de los caciques o terratenientes de la época; durante la Revolución Mexicana, que costó un millón de vidas, gran porcentaje de la sangre derramada perteneció a campesinos e indígenas, lo que no fue suficiente para que salieran de su miseria ancestral. Por estas causas históricas nuestros indígenas son muy herméticos; llevan en su cuerpo y espíritu, desde entonces como una herencia maldita, los estragos y huellas que les ha dejado la marginación social que en forma extrema los ha dañado en todos los aspectos. Por lo que observé desde mi primer viaje a la Sierra Tarahumara en 1968, cuando era estudiante de la Escuela Normal de Estado de Chihuahua, puedo concluir, sin temor a equivocarme que la mayoría de los integrantes de esta etnia de la Baja Sierra Tarahumara están condenados a vivir eternamente en la miseria: ojalá y que alguna persona me pudiera convencer de lo contrario.
13.- La fortaleza de los tarahumaras. Los tarahumaras parecen no inmutarse ante la extremada pobreza que padecen; estoicamente han soportado las agresiones de los intereses ambiciosos de las clases sociales que controlan el poder económico y por ende el poder político, las cuales desde tiempos remotos, les han arrebatado sus mejores tierras y bosques, pero no su fortaleza espiritual que les ha servido para poder permanecer en su región, para no ser desarraigados o exterminados, aceptando vivir en condiciones infrahumanas, vistiendo harapos, en calidad de esclavos o en la lastimosa marginación social, pero sin abandonar los bosques, ríos y arroyos, flora y fauna silvestres, montañas y cañones, barrancas y profundos abismos a lo que históricamente consideran de su propiedad; con tal de permanecer en su medio geográfico generacionalmente han soportado a través de la historia la hostilidad de grupos humanos, explotación, discriminación, hambrunas, epidemias, condiciones climatológicas extremas, sequías; han tenido que sobrevivir comiendo plantas y animales silvestres y habitar en jacales o en cavernas, porque sienten que todo lo que existe bajo el cielo azul, limpio y transparente de la Sierra Madre Occidental, les pertenece desde tiempos inmemoriales, antes de que los chabochis u hombres blancos invadieran sus dominios, con el pretexto de llevar a su región la “civilización” y el “progreso”, palabras que les resultan huecas, porque bajo este pretexto se les ha sumido en la más profunda miseria y despojo; por la fortaleza espiritual que observé en los tarahumaras de la Barranca de Batopilas y por el estudio histórico que realicé en el desarrollo social de esta etnia, aprendí cuando menos un poco, a sufrir en silencio, a dejar de llorar como si tuviera muerto tendido ya que los rarámuris han sufrido de verdad toda clase de calamidades y vejaciones; comprendí que la fortaleza de su espíritu se moldea bajo el sufrimiento callado y aunque nunca pude ser como ellos, ni siquiera para caminar, correr o nadar a su ritmo debido a su extraordinaria destreza o para soportar el frío, calor, fatiga, hambre o la sed bajo condiciones extremas, al menos hice el intento de imitarlos durante mi estancia en la Barranca de Batopilas, donde siempre estuvo a prueba mi inútil cuerpo y débil carácter. E.mail: roman_corral@yahoo.com.mx
14.- Los miraba a través de la ventana del aula escolar. Siempre admiré de los tarahumaras de Batopilas su fortaleza física y espiritual, su filoso¬fía y estoicismo que los hace resistentes a los tratos despóticos de los poderosos; su fortaleza física es tan sólida, que a pesar de la marcada marginación social que sufren, para mí siempre serán los mejores caminantes del “camino real” y de la vida; ellos cargaron sobre sus espaldas gran parte del progreso material de la Barranca de Batopilas en la construcción de las obras arquitectónicas en diferentes etapas históricas, construyendo caminos, trabajando en la minería o cargando diversos bultos y objetos pesados sobre sus espaldas para algunas personas pudientes de la región, que contrataban sus servicios por pagos injustos; la mayor parte de su carga la traían desde el Mineral de la Bufa hasta el poblado de Batopilas y en algunas ocasiones era para lugares más distantes; los observaba transitar por el “camino real” a través de la ventana grande del aula escolar, mientras atendía a mis alumnos, ya que los perros les ladraban demasiado a estos sufridos caminantes y nada podían hacer para espantar a los agresivos caninos porque les representaba mucho esfuerzo deshacerse momentáneamente de su carga; era cuando algún alumno me pedía permiso para salir de la clase para dispersar a dichos canes que al mismo tiempo interrumpían la lección por el escándalo que armaban; fueron los antecesores de estos indígenas los que fabricaron y cargaron sobre sus espaldas los miles de ladrillos rojos a grandes alturas, bajo la supervisión de los misioneros jesuitas para erigir los anchos muros, el campanario y las cúpulas de la nave arquitectónica que forman el templo de la Misión de Satevó. Esta comunidad tiene un encanto especial, mágico y enigmático, presentando como techo a un transparente cielo azul, rodeada por cerros rojos y amarillos en un entorno físico de vegetación tupida, semi-selvática de un intenso verdor.

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